DOMINGO VI DE PASCUA

A parte de que en estos días estemos celebrando las Primeras,(y en algunos casos últimas), comuniones, hoy se celebra en la Iglesia el día del enfermo.

La enfermedad es una limitación humana, una carga que deben soportar, tanto el enfermo como les que le atienden.
Dios es vida. Cristo vino para que tengamos vida en plenitud. Y la enfermedad es falta de vida. Por eso, Cristo curaba a los enfermos. Por eso la Iglesia, debe cuidar a los enfermos. Por eso, nosotros debemos volcarnos sobre los enfermos con amor. No podemos curar a todos los enfermos, ni siquiera Cristo lo hizo; pero sí podemos volcar sobre ellos nuestra ternura y nuestra solidaridad, nuestra estima y nuestro respeto o simplemente nuestra mirada.
Raúl Follerau solía contar una historia emocionante: visitando una leprosería en una isla del Pacífico le sorprendió que, entre tantos rostros muertos y apagados, hubiera alguien que había conservado unos ojos claros y luminosos que aún sabían sonreír y que se iluminaban con un “gracias” cuando le ofrecían algo. Entre tantos cadáveres ambulantes, sólo aquel hombre se conservaba humano. Cuando preguntó qué era lo que le mantenía a este leproso tan unido a la vida, alguien le dijo que observara su conducta por las mañanas. Y vio que, apenas amanecía, aquel hombre acudía al patio que rodeaba la leprosería y se sentaba enfrente del alto muro de cemento que la rodeaba. Y allí esperaba. Esperaba hasta que, a media mañana, tras el muro, aparecía durante unos cuantos segundos un rostro, una cara de mujer, vieja y arrugadita, que sonreía. Entonces el hombre comulgaba con esa sonrisa y sonreía también. Luego el rostro de mujer desaparecía y el hombre, iluminado, tenía ya alimento para seguir soportando una nueva jornada y para esperar a que mañana regresara el rostro sonriente. Era –le explicaría, después el leproso- su mujer. Cuando le arrancaron de su pueblo y le trasladaron a la leprosería, la mujer le siguió hasta el poblado más cercano. Y acudía cada mañana para continuar expresándole su amor.
“Al verla cada día –comentaba el leproso- sé que todavía vivo”.
No exageraba: vivir es saberse queridos, sentirse queridos. por eso tienen razón los psicólogos cuando dicen que los suicidas se matan cuando han llegado al convencimiento pleno de que ya nadie les querrá nunca. Porque ningún problema es verdadero y totalmente grave mientras se tenga a alguien a nuestro lado.
Por eso yo no me cansaré de predicar que la soledad es la mayor de las miserias y que lo que más necesitan de nosotros los demás, no es nuestra ayuda, sino nuestro amor. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un viejo no hay ayuda mejor como un rato de conversación sin prisas y un poco de comprensión en sus rarezas.
Y, asombrosamente, la sonrisa –que es la más barata de las ayudas- es la que más tacañeamos. Es mucho más fácil dar un euro a un pobre que dárselo con amor. Y es más sencillo comprarle un regalo al abuelo que ofrecerle media hora de amistad.
¡Todo sería, en cambio, tan distinto si les diéramos cada día una sonrisa de amor desde la tapia de la vida!
A veces la mejor medicina es la cercanía, la comprensión cordial.
Un viejo militar francés fue gravemente herido en la última guerra mundial. Al explotarle una granada, perdió las manos y los ojos. Luego fue diácono permanente, casado y con cinco hijos. Hablaba siempre con emoción de lo que le hizo cambiar, lo que fue su conversión. Habla de aquella vieja amiga, aquella enfermera no creyente. “Ella puso simplemente su mano sobre mi hombro, arrimó su frente sobre mi frente”. Era al mismo tiempo el signo de impotencia y la expresión silenciosa de su amistad. Un testimonio de amor. Aunque no le devolviera sus ojos, ya veía.
Este debe ser el gesto cristiano de cara al enfermo; acercarse a él, ponerle la mano sobre la herida, compartir su dolor, aliviarlo en lo posible…
Y a lo mejor descubrimos que en vez de darle nosotros a él, es él quien nos da a nosotros. Porque siempre es así: es más lo que recibimos que lo que damos.

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