DOMINGO IIIDEL TIEMPO ORDINARIO

1.- CONVERSIÓN DE NÍNIVE.- Jonás había huido de Dios. Intentó escapar de su presencia, eludir su mandato. No quería ir a Nínive para predicar y que se convirtieran de su mala vida. Era inútil marchar a un pueblo pagano que sólo pensaba en pasarlo bien. Pero Dios persigue al profeta hasta rendirlo. Y es que a Dios no hay quien se le resista. Al final vence siempre él. Por eso es conveniente evitar todo forcejeo inútil, no poner resistencia. Lo mejor es darle facilidades, hacer lo que su voluntad determine, sea lo que sea.

Si obramos así nos maravillaremos del resultado. Dios es así, puede hacer que nazca una flor donde sólo hay arena. Para su fuerza no hay obstáculo que se ponga en su camino... Señor, Tú sabes cómo olvidamos tu omnipotencia y en consecuencia cómo nos cuesta aceptar las cosas, sobre todo cuando no están de acuerdo con lo que nosotros pensamos. Cómo resulta casi imposible entonces ver claro el horizonte de nuestra existencia. Por eso te rogamos que ilumines nuestro pobre entendimiento con la luz de la fe, para vivir convencidos de que lo puedes todo. Y de que nos amas entrañablemente. Para que así sepamos aceptar tus planes y deseos. Por muy extraños y difíciles que nos parezcan.

Dios contempla con agrado la reacción de aquellos hombres. Desde el mayor hasta el más pequeño hacen penitencia. Se arrepienten de sus pecados. Y el mismo rey, enterado de la noticia, se levantó de su trono, se quitó el manto, se vistió de saco y se sentó en ceniza. Manifestaciones todas que indican la profunda y sincera contrición que le embargaba.

Y Dios, cargado de amenazas hacía poco, se compadece y les perdona, no lleva a cabo el castigo que les tenía preparado... Qué fácil es Dios al perdón y a la compasión, qué presto al olvido. Esta es su mayor grandeza: su misericordia ante el pecador arrepentido. Cuando nos perdona es cuando se manifiesta mejor la magnitud de su amor... Por eso no tenemos derecho a dudar de su perdón. Más aún, la desconfianza en Dios es un pecado que no se perdona. Es el pecado de los que no piden perdón, de los que no se arrepienten por no creer en la capacidad infinita de misericordia que hay en Dios.

2.- AUDACES EN LA ENTREGA.- Es indudable que Jesús no vino a derrocar el poder temporal de los gerifaltes de su pueblo. A él no le interesaba la gloria y el poderío de los “mandamases” del mundo, él no necesitaba el vasallaje ni el servicio de nadie. Él había venido a servir y no a ser servido. Sin embargo, el choque con los que hacían cabeza se produjo necesariamente. La envidia y la celo-tipia, la sospecha y el recelo, se despertó en los poderosos apenas comenzó el Señor a predicar, atrayendo a las muchedumbres tras de sí.

El Señor lo sabía y, no obstante, siguió predicando la Buena Nueva que había de traer la verdadera libertad, el rompimiento de las más fuertes cadenas que pueden aherrojar al corazón y la mente del hombre, las del egoísmo y la soberbia, las cadenas del pecado. Sí, Jesús fue valiente y firme, audaz incluso, en el cumplimiento de su misión. Pero su fortaleza y su valentía supieron conjugarse con la prudencia, su audacia nunca fue osadía.

Por eso en los comienzos de su actividad, cuando aún estaba lejana la hora señalada por el Padre, Jesús al enterarse que Juan Bautista había sido encarcelado abandona la Judea y se retira a Galilea. Es la postura de quien camina al paso de Dios, sin precipitar los acontecimientos ni provocar sacrificios inútiles. En ocasiones una huida puede ser una victoria, o el silencio puede ser un gesto de autodominio, una verdadera heroicidad. En la vida hay que guiarse por la razón, sin dejarse llevar sólo por el corazón. Esto no quiere decir que no se ponga empeño, e incluso pasión, a la hora de actuar. Fuertes, valientes, audaces, pero nunca imprudentes ni osados.

Valentía sobre todo para escuchar la voz de Dios y seguirla con generosidad y prontitud. Es muy fácil aturdirse con mil preocupaciones, no pararnos a reflexionar bajo la luz de la fe, no llegar hasta las últimas consecuencias de nuestro amor a Dios. El Señor se acerca muchas veces hasta nosotros, para exigirnos y para darnos, para animarnos a vivir de modo más congruente con el Evangelio. Sí, Dios nos llama a todos y a cada uno de nosotros, a todos nos empuja su amor para contribuir eficazmente a la salvación de todo el mundo.

Reconozcamos que muchas veces somos cristianos sólo de nombre. Nuestras relaciones con Dios se reducen a poco más de media hora en la Misa del domingo. Olvidamos que Dios está presente, cerca de nosotros, en las realidades que vivimos cada momento y que, grandes o pequeñas, constituyen el entramado de nuestra existencia... Dejemos de mirar a ras de tierra, rompamos la frontera estrecha de nuestros intereses personales. Hemos nacido para cosas más altas. Dios nos llama, respondamos con valentía, seamos audaces y generosos en la entrega.

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