DOMINGO III DE PASCUA

1.- Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Vosotros sois testigos de esto. Cuando los dos discípulos de Emaús vuelven a donde estaban reunidos los demás discípulos, les cuentan entusiasmados lo que les había pasado por el camino. Y, cuando estaban hablando de estas cosas, se les aparece Jesús en medio de ellos. Jesús se les aparece como persona humana, es decir, en cuerpo y alma. Los judíos siempre entendían a la persona humana como una unidad de cuerpo y alma, antes y después de la muerte. El concepto de alma que se separa del cuerpo después de morir es un concepto griego. Por eso, Jesús, después de resucitado, intenta demostrar aquí a sus discípulos que está totalmente vivo y para convencerles les pide que le den algo de comer: no es un fantasma, es una persona humana viva. Después de esta aparición, los discípulos se convierten en personas distintas, en testigos valientes de la resurrección de Jesús. Y este es el mensaje principal del evangelio de este tercer domingo de Pascua: que debemos ser testigos valientes de la resurrección de Jesús. Todos nosotros conocemos la frase de Pablo VI, cuando dijo que el hombre contemporáneo prefiere a los testigos, antes que a los maestros. Hoy día, sobre todo, no podemos fiarnos simplemente de las palabras de los políticos, de los comerciantes y medios de comunicación, puesto que frecuentemente son palabras diversas y contradictorias, aunque estén hablando de un mismo tema. Algo parecido puede pasarnos cuando escuchamos o leemos a los medios de comunicación religiosa. En concreto, podremos comprobar esto si leemos diversos libros o artículos que hablen sobre la resurrección de Jesús. Y mucho menos, si escuchamos a catequistas o predicadores hablar maravillosamente de Jesús resucitado, pero luego vemos que en su vida diaria no son consecuentes para nada con lo que dicen. El mandamiento de Jesús es que nos amemos los unos a los otros como él nos amó. De poco valdrá que expliquemos maravillosamente este mandamiento, si después nosotros no lo cumplimos, es decir, si en nuestra vida no somos testigos de lo que decimos. Hagamos, pues, hoy, nosotros este propósito, como discípulos de Jesús: predicar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, demostrando en nuestra vida que nosotros somos personas convertidas y cristianamente perdonadoras.
2.- Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos…, sé que lo hicisteis por ignorancia… Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados. Seguramente que tenía razón Pedro cuando decía que muchos judíos que gritaron pidiendo la muerte de Cristo, seguramente que lo habían hecho por ignorancia. Muchos sacerdotes, muchos fariseos, los sumos sacerdotes, escribas y doctores de la Ley y muchas autoridades judías creían sinceramente que Jesús iba, con algunos de sus actos, contra la Ley de Moisés. Por eso, lo que les propone Pedro es que se arrepientan y se conviertan. También nosotros hacemos más de una vez algo malo por ignorancia. Lo importante para cualquier cristiano es vivir en un continuo examen de conciencia, sabiendo arrepentirse y corregirse cada vez que nos damos cuenta de que hemos hecho algo mal. Lo peor es el empecinamiento en el mal. Si somos humildes y sabemos reconocer nuestros errores y corregirlos estaremos siempre en el buen camino, en el camino de la salvación.
3.- En esto sabemos que conocemos a Jesucristo: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: “yo le conozco” y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. El mandamiento nuevo de Jesús es muy claro para los cristianos: “amaos unos a otros como yo os he amado”. Examinémonos en este mandamiento y si lo cumplimos podremos decir que conocemos a Jesús; si no, no. En este caso, no son las simples palabras, o la expresión de bellas ideas cristianas, sino que es la acción cristiana la que nos hace ser verdaderos conocedores de Jesús. Seguramente, que, a lo largo de la historia cristiana, han conocido a Jesús mejor los místicos que los teólogos. Unamos en nuestra vida las dos cosas: oración y contemplación cristiana con una verdadera vida cristiana. La contemplación y la acción cristianas deben caminar siempre juntas; divorciadas no forman un verdadero matrimonio cristiano.

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